Cuentas claras

   Se lo digo, no conocí a nadie como él, un tipo que no temía ni al mismo diablo, se lo aseguro, quién mató a su padre no es un hombre, es una bestia; esos hombres que usted hace llamar escolta no son nada para mi jefe, él no les teme y usted, es quien debería temerle.

Esa noche de la que habla usted, fue hace cinco años, una fría noche de invierno, llevábamos meses persiguiendo a su padre y por fin lo encontramos en esa pequeña finca que el gobierno le quitó a usted. Retirada en el monte, lejos de toda civilización, sola como le gusta a la gente de su calaña. Su padre sabía que mi jefe lo estaba buscando, ya lo sentía venir desde que con engaños y mentiras le robó toda la mercancía, el dinero y lo dio por muerto. Pero eso, eso no enojó a mi jefe, no señor, eso no fue. Lo que le apuñala el alma es la traición que su padre le regaló. Eso es algo que no se perdona. Esa noche íbamos a sanar cuentas.

Llegamos lejos de la finca, armados, preparados para atacar, éramos sin mentir 20 hombres, todos con el coraje en la sangre. Usted bien sabe que en este negocio no hay deudas que no se paguen, teníamos muchos intereses en esa mercancía, habíamos invertido mucho dinero en esto ¡Y aquí las cuentas son claras! O se sufren las consecuencias. Su padre lo sabía muy bien.

Lo sabía y no le importó, por eso se atrincheró con tanto hombre en esa finca, había 50 de ellos y esos los que alcancé a contar, se creía muy seguro ahí dentro, tan seguro que no se preocupó por salir del país. Ese fue el error de su padre, pensar que mi jefe no lo buscaría, pensar que en esa finca estaba seguro. Estos negocios que son turbios, las traiciones se pagan con sangre.

Usted estaba ahí esa noche, me lo contó, pudo cortarle el pescuezo de lado a lado y dejarle un mensaje a su padre, pero no, hasta eso mi jefe tenía honor, no se metía con las familias. A diferencia de su padre, que masacraba a los que estuvieran presentes. De hombres a hombres hay muchas diferencias, usted me dirá si es un hombre como su padre o un hombre de honor.

Ya entrada la noche, vimos que la guardia no se iban a dormir, esos hijos de la fregada se rolaban turnos y el número jamás redujo, es por eso que pienso que había más de 50 hombres en esa finca. Tenían cuernos de chivo, carros blindados y juro por mi virgencita que vi a uno cargar uno de esos diablos, esos que hacen volar autos. Le dije —No vale la pena, vámonos, ya luego, cuando se confíe, nos lo cargamos. Pero mi jefe es el hombre más terco y porfiado que he conocido. Él no se iba a quedar con el ardor en el corazón, ese ardor que no te deja tranquilo, ese coraje que te acompaña desde que te levantas hasta que pegas los ojos.

—Juan. Me dijo. —No tienes que acompañarme, a este me lo cargo yo solo. Espérame aquí, ten el carro listo, cuando me veas correr como si el mismísimo diablo me persiguiera, la enciendes y me recoges para largarnos de aquí. Lo dijo muy serio, tomó su rifle, granadas, su cigarro que nunca fumaba y caminó directo a la finca. Yo lo detuve, le dije que estaba loco, que no iba a salir entero de esa finca, ya conoce a su padre y su gusto por desmembrar a los que desafían su autoridad.

—No te preocupes, Juan, si el diablo me quisiera muerto, me habría chingado ese día que nos traicionó. Siguió el camino y lo perdí en la oscuridad donde ni la luna se dejó ver esa noche.

Pasaron las horas, el frío ya pegaba hasta los huesos, los hombres estaban inquietos, si alguien nos veía ahí, nos hubieran matado, por eso los mandé lejos, dónde no los vieran, me quedé yo y dos más. Sólo esperaba no haberme equivocado, que mi jefe esperara tener a los 20 para cuando saliera corriendo, y al llegar, sólo encontrar a nosotros 3. Eso me inquietaba, pero ya los había alejado mucho.

Ya pasadas las 4 de la mañana vi movimiento, como perros salvajes que olfatean su presa, los sicarios subieron a los carros, corrieron en todas direcciones, se adentraron en la maleza en búsqueda de un zorro. El corazón me palpitaba con un sudor frío, hasta olvidé el café que traía en la mano, corrí a encender la camioneta, preparado para salir como perro que le huye al fuego, fue cuando escuchamos un ruido. Sentí ese escalofrío que da cuando el miedo te recorre las vértebras, ese nudo en el estomago cuando te aterras.

Saqué el rifle, me coloqué detrás de la puerta y le grité —¿Quién es? ¡Salga o me lo cargo!. Fue donde vi la cabeza de su padre, colgando de la mano de mi jefe, sus ojos perdidos y su mandíbula desencajada, nunca olvidaré esa expresión. Él se reía, carcajadas mientras puso la cabeza sobre el cofre. —La misma cara que tiene ahorita que ves es la misma cuando me vio, como si el diablo se le hubiera puesto enfrente, no le di tiempo a nada, lo macheteé y salí de ahí. Dijo, mientras le prendía el cigarro en la quijada desecha.

—¡Vámonos! Le grité mientras lo jalaba hasta la camioneta, se regresó por la cabeza de su padre y luego se subió. No le miento, no recuerdo cómo salimos de ahí sin luces, estaba oscuro, pero los hombres de su padre nunca nos alcanzaron.

Usted se preguntará, ¿Para qué le cuento yo esto?. Para que sepa con quién se mete, que no le extrañe si no puede dormir por las noches, si el agua no le sabe bien, si la comida le cierra el estómago; porque si le hace algo a esos niños de allá, tenga por seguro que su abuelo va a ir a buscarlo. No haga una estupidez, que mi jefe sabe como dejar las cuentas claras.


Autor: Evel Sytrani
Fecha 11 de Noviembre 2014

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